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Gestión en Salud y Seguridad Social • ISSN: 2215-6216 • Vol. 5 (S1): e2026261, Agosto, 2026
(Publicado Ago. 07, 2026)
Superando las pruebas desde la fe
Overcoming trials through faith
Leida Hernández Gutiérrez1; https://orcid.org/0009-0002-7524-7908
1. Trabajadora Social, Hospital Nacional de Geriatría y Gerontología, Caja Costarricense de Seguro Social; San José, Costa Rica; lhernang@ccss.sa.cr
https://doi.org/10.62999/w48vtk04
El año 2020 nos sorprendió con noticias sobre un virus
agresivo y desconocido que desafió a la ciencia, a los sistemas
de salud y a la humanidad entera. Al principio, desde Costa
Rica, el panorama parecía lejano. Seguíamos viviendo con
cierta normalidad, hasta que llegaron los primeros casos al
país y la alarma se instaló en nuestra vida cotidiana.
Nadie deseaba que la enfermedad tocara nuestras casas
ni nuestras familias, pero pronto la pandemia alcanzó todos los
rincones, sin distinción de edad, condición social o creencias.
Comenzaron las medidas sanitarias, los protocolos y las
restricciones. Se nos pidió cambiar hábitos profundamente
arraigados: usar mascarilla, mantener distancia física, lavar-
nos las manos con frecuencia y cuidar a los demás. La con-
signa “cuídese, cuídeme, cuidémonos” resonaba como un
llamado ético y humano.
Cada persona debía asumir la responsabilidad de pro-
teger no solo su propia salud, sino también la de quienes la
rodeaban. En esos momentos, el principio de beneficencia
guiaba nuestro actuar: todo esfuerzo debía orientarse al bien
común, a proteger la vida y la salud de todos.
En el ámbito profesional el reto fue inmenso. Las perso-
nas usuarias llegaban con síntomas, temores y angustias; las
familias, desbordadas por la incertidumbre, buscaban res-
puestas y consuelo. En la atención sanitaria y social el prin-
cipio de no maleficencia adquirió un valor crucial: actuar con
prudencia, evitando poner en riesgo tanto a las personas
atendidas como al personal.
Ello implicó reestructurar dinámicas laborales, adoptar
modalidades virtuales, innovar y sostener el acompañamien-
to emocional a distancia. La ética del cuidado se hizo presen-
te en cada llamada, en cada orientación y en cada esfuerzo
por mantener la cercanía humana, aun cuando la distancia
física era necesaria.
La autonomía, otro pilar bioético, se volvió un desafío
en medio del miedo colectivo. Las personas profesionales
de la salud debían respetar las decisiones y creencias de las
personas usuarias y sus familias, incluso cuando estas dife-
rían de algunas recomendaciones sanitarias. Para ello, era
fundamental brindar información clara, veraz y empática, de
modo que cada persona pudiera decidir con mayor libertad
y conocimiento.
La pandemia nos recordó que la autonomía no es indivi-
dualismo, sino un ejercicio responsable de libertad en armo-
nía con el bienestar de los demás.
La creación de comités institucionales, protocolos y equi-
pos de apoyo permitió canalizar respuestas más humanas y
coordinadas. En cada decisión, el principio de justicia recor-
daba la importancia de garantizar equidad en el acceso a los
servicios, priorizar a las personas más vulnerables y evitar
cualquier forma de discriminación.
En un contexto donde los recursos eran limitados y la
demanda enorme, aplicar la justicia significaba distribuir los
esfuerzos de forma solidaria, procurando que nadie quedara
sin atención.
Con el paso del tiempo, el cansancio se mezcló con el
miedo. Las cifras de contagios y fallecimientos aumentaban.
Sin embargo, para muchas personas la fe y la esperanza fue-
ron una fuente de fortaleza. En medio de la adversidad, el
trabajo en salud exigía no solo conocimientos técnicos, sino
también una ética del cuidado: escuchar, acompañar, conso-
lar y sostener la esperanza cuando las respuestas parecían
insuficientes.
La prueba se hizo personal cuando el virus llegó a mi
familia. Algunos familiares cercanos enfermaron y, posterior-
mente, yo también enfrenté la enfermedad. Fueron días de
temor, pero también de gratitud y aprendizaje. Nos cuida-
mos, seguimos las indicaciones médicas y buscamos fortale-
za espiritual.
La enfermedad también alcanzó a un ser querido muy
cercano, quien fue contagiado pese a cuidarse con esmero.
Recuerdo una de nuestras últimas conversaciones. Hablamos
con esperanza, sin imaginar que sería una despedida. Días
después fue hospitalizado por dificultad respiratoria. Su con-
dición se agravó rápidamente y al final falleció.
El dolor fue inmenso. Su pérdida me confrontó con la fra-
gilidad de la vida, pero también con la esperanza que sostie-
ne durante la adversidad.